Hace miles de años, nuestros antepasados empezaron a instalar en su software cerebral una aplicación emocional destinada a la supervivencia de la especie. Unas rutinas pasadas de padres a hijos que, a base de repetirse una generación tras otra (cohesión del grupo, solidaridad, importancia del perdón, valor de la amistad, etc.), han configurado en la especie humana un programa definitivo que heredamos todos al nacer y que, si sabemos mantener y proteger con el antivirus adecuado, nos permitirá disponer de los dos componentes esenciales de la empatía.
El cognitivo, que nos hace entender las conductas de los demás y el emocional, que ante la simple observación de una conducta, nos permite experimentar las mismas sensaciones que sienten quienes la realizan. Si eso ocurre, y sólo en tal caso, podemos decir que somos personas empáticas.
Y si ese programa no se ha instalado familiar y socialmente de forma adecuada o su actualización/mantenimiento por parte del usuario no es el correcto, estamos ante individuos poco empáticos, incapaces de entender y de sentir los más mínimos y nobles sentimientos hacia sus semejantes, lo que les convierte en personas frías, antisociales, impersonales e incluso crueles con los demás.
¿Dónde se esconde la empatía? 
Dice la literatura científica que Phinea Gates era un empleado del sector de la construcción que en el año 1848 se encontraba en Vermont colocando explosivos en las obras del ferrocarril y que mientras empujaba con una barra de hierro el explosivo, la pólvora explotó inesperadamente y la barra retrocedió atravesándole la cara a la altura del ojo izquierdo. Phinea sobrevivió al accidente, sin embargo, en los años siguientes, sus familiares y amigos comprobaron en él un cambio brusco.  Había pasado de ser un hombre amable y sociable a tener un carácter irrespetuoso, llegando a maltratar a las personas más próximas. Se había transformado en un individuo que no sentía la menor empatía  por  sus semejantes.
Años más tarde (dice Simon Baron en su último libro), la neurocientífica Anna Damasio y su equipo de investigación consiguieron el cráneo de Phinea y, a través de una resonancia magnética funcional, comprobaron que la barra de hierro le había dañado la corteza prefrontal, resultando ser esta zona una de las habitaciones principales en las que reside la empatía.
Ahora que ya sabemos dónde vive tan preciado tesoro, en algún otro artículo descubriremos la forma de sacarlo de su hábitat y que de verdad nos permita a todos tener y vender empatía.
Constantino Montañés es autor del libro “Secretos para encontrar el mejor empleo”. Licenciado en psicología, ingeniero técnico industrial y diplomado en dirección por el IESE, actualmente es codirector en Montañés i Solé y miembro de la Comisión de Inserción laboral de PIMEC.

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