Entendemos por elevator pitch o elevator speech aquel discurso breve en el que indicamos básicamente quiénes somos, qué sabemos hacer, para qué sirve y dónde es útil. Todo tan escueto como completo, para que quien nos escucha tenga la posibilidad de asociarnos a algún proyecto u oportunidad.
El tema es que este discurso suele sonar robotizado, es decir, poco espontáneo, aprendido, etc. dejando una sensación de “te entrego mi currículum” o “sí, me estoy vendiendo”. A ver, está genial lo de entregar el CV y venderse, pero insisto, ¿es la estrategia más efectiva?
Yo creo que lo mejor del hacer un elevator pitch es precisamente eso, hacerlo. Ese proceso no deja de ser un ejercicio de autoconocimiento que permite sistematizar nuestras competencias, orientadas a un destino profesional para que puedan ser comunicadas y entendidas por los demás.
Una vez finalizado el elevator pitch lo importante es imaginarlo como una brújula en nuestra cabeza que nos ayude a encaminar y enfocar los temas que surjan. Considero que esta estrategia le da más naturalidad a nuestra presentación profesional y, sobre todo, nos permite estar atentos a lo realmente importante: la conversación.
Por eso, más que obsesionarnos con recitar nuestro elevator pitch, deberíamos poner el foco en la escucha. Menos speechs y más listening. Hablar sin escuchar es ir a ciegas y si encima nuestro discurso suena artificioso no conseguiremos captar la atención de los demás.
Cuando escuchamos a alguien generamos presencia en esa persona y cuando generamos presencia en alguien, generamos conexión. La persona se siente atendida, siente que le has otorgado un espacio en ti, algo que es menos habitual de lo que ocurre hoy en día.
Escuchar a alguien es también “distinguirse” de los demás. Uno de los efectos de escuchar a alguien es que generamos credibilidad en la otra persona, ya que esa persona se siente “confiada” en un espacio en el que se le permite expresarse… y cuando generamos credibilidad, entonces generamos la opción de que nuestro mensaje sea recibido ampliamente, con confianza, atención e interés.
No te engañes: quien dirige una conversación no es quien más habla, es quien más escucha y al mismo tiempo pregunta, que será en definitiva quien decida los temas sobre los que se habla.
Escucha a tus posibles empleadores, clientes o compañeros. Presta atención. Qué necesidades son la que ellos satisfacen en sus proyectos y trabajos. Escúchalos. Qué problemas y frustraciones se encuentran a la hora de alcanzar sus objetivos o prestar sus servicios. Escucha con atención. Cuáles son las alegrías que persiguen en sus negocios, qué entienden esas personas que es un logro en su contexto de trabajo, etc.
Escucha, porque toda esa información que te regalen en esa conversación es una información crucial, una información generada por ti, para redactar, confeccionar y acomodar tu propuesta de valor a la necesidad real. En definitiva, menos elevator pitch y más listen in the elevator.
David Barreda genera experiencias de aprendizaje para el desarrollo de personas y equipos, dinamizando el pensamiento y facilitando la gestión de las relaciones a través de procesos formativos, sesiones de coaching e impulsando procesos de Marca Personal.

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