La serenidad hoy

Hoy en día hace falta mucho interés y ganas para encontrar momentos y espacios de soledad y quietud, pues todo nos arrastra hacia la distracción. La actividad incesante es la reina de nuestros días.

Sin embargo, es la serenidad, el silencio y la soledad lo que desenmascara nuestro ego, pues es la actividad lo que alimenta la personalidad y la gratificación, lo que hace al ego sentirse importante. Para lograr una serenidad general y estable, es importante evitar mezclarse en discusiones antagonistas y aferrarse a posiciones contenciosas que no llevan a ninguna parte y reavivan una lucha interna perjudicial. No puedes estar en guerra con el exterior y pretender una paz interna, es una gran incoherencia. Es imposible intentar que tu energía aumente y se aquiete si te pasas el día luchando. Da igual si tu causa es justa o no lo es: al final te quedas enzarzado en una batalla sin poder abandonar la lanza y el escudo.

Está claro que alguna que otra discusión es inevitable en las interacciones de la vida diaria social y el trabajo, pero lo fundamental es que mantengamos las disputas cortas y que las hagamos lo menos emocionales posibles, gestionando los conflictos con transparencia y buena voluntad. Hay que saldar y resolver todos los asuntos pendientes sin que se vayan arrastrando por desidia o miedo.

No quiero decir que tengamos que enamorarnos de todo el mundo que pasa por nuestra vida, pero al menos hemos de estar reconciliados con todas las situaciones y circunstancias con las que nos encontramos —hasta las menos agradables, o especialmente esas—, sobre todo para que no sean las emociones las que nos atrapen y nos controlen a pesar nuestro. Esto también requiere una limpieza en nuestra relaciones sociales: librarnos de los enredadores, despedir a los folloneros que nos descalabran y a aquellos con los que siempre nos estamos peleando. Deséales lo mejor y permite que sigan su camino. Es mucho más importante la libertad y la paz mental que ganar pequeña batallas.

También es fundamental desarrollar la disciplina de no criticar ni juzgar, pues esto nos encierra en el mundo del ego que siempre quiere tener razón, elevarse por encima de los demás a toda costa y sentirse importante. Para serenarse hay que distanciarse de las emociones tribales y más básicas. También es necesario buscar tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, para contemplar nuestra vida y a nuestro yo interior. Asentarnos en el silencio y abrazarlo sin necesitar llenarlo de ruido y distracciones. Puede ser sentándonos en nuestro salón, paseando por el bosque o la playa al amanecer, haciendo yoga o recogiéndonos en ese lugar donde nadie nos molestará y podremos aquietarnos. Hacer de esto una rutina nos ayudará a centrarnos y no sentir que remamos contracorriente o sin rumbo fijo.

La serenidad también procede de dejar que cada persona sea como quiere ser. No podemos cambiar a los demás y a menudo malgastamos muchas fuerzas intentándolo sin fruto. No hay más que dos opciones sabias: o aceptas a la persona tal y como es, y la amas incondicionalmente de esta manera; o bien, si no te gusta lo que ves, te vas. El resto supone un gran desgaste de energía y una batalla que de antemano está perdida y genera gran estrés.

Además, demasiadas personas terminan dañadas a causa de la búsqueda de confrontación que el ego parece necesitar para sentirse poderoso. La pelea sólo se produce cuando la persona necesita subirse por encima del otro, sentirse ganador, en posesión de la verdad, superior… En realidad, ni una sola pelea merece la pena.

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