Año tras año me pongo propósitos a principio de año que ya sé de antemano que no voy a cumplir. Durante doce meses mi conciencia me persigue. La decepción va creciendo y empiezo a decir: mañana empiezo, mejor el lunes, ya después de verano… y estoy harto de fallar, de fallarme.

Me di seis meses para encontrar trabajo, hasta verano para adelgazar, todo un año para aprender bien inglés o dejar de fumar y ¿qué conseguí? Nada, arrastrar año tras año los mismos propósitos. ¿Qué hago? ¿Busco unos nuevos? No. Voy a dejar de postergar mis iniciativas para siempre.

 

 

Este año he decidido que mi propósito es que no hay más propósitos. Me quito la auto presión a la que me someto cada año y la mando muy lejos. Esta decisión, ya desde hoy, me hace mucho más feliz. Y es el año que mejor arranco, con más ganas que nunca. Haré todo lo que buenamente pueda y ya está. Sin escribirlo en un papel ni guardarlo en la nevera. No voy a dejar de hacer nada, o lo que es lo mismo, ya he pasado a la acción. Voy a dejar de esperar a que un trabajo venga a mí como si cayera del cielo y voy a crear mi propio empleo. Este año he decidido emprender. No es un propósito, es una realidad, porque ya estoy en marcha.

Este año he decidido aprender. Voy a aprender, aunque sea a tropiezos. Voy a lanzarme a la piscina. Voy a arriesgarme. Lo peor que me puede pasar es que tenga que volver a empezar, ¿no? Pues ahí estaba ya, así que no pierdo nada y seguro que de esta experiencia aprendo mucho. No se hable más, paso al ataque. Sin dilación, con determinación. Este año se acabaron los propósitos, yo soy el propósito.  Y tú ya lo sabes, si no sabes qué hacer, ¡empieza!

 

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